3 ago. 2009

Mordacidad

Estando en segundo de carrera, un par de amiguetes me convencieron para que me uniese a un noble esfuerzo solidario. Se estaba organizando un grupo para hacer cola por turnos en las taquillas del teatro de la ciudad (en aquél entonces solo había un teatro en Vigo, García Barbón).

Los más experimentados del grupo auguraban una espera de 20 horas para conseguir entradas a unos señores de los que jamás había escuchado hablar antes. Me llamó la atención semejante demanda para asistir a un espectáculo tan poco conocido.

Sin ánimo de fardar, servidor tenía a sus espaldas un amplia experiencia como público en conciertos y obras razonablemente famosas (Mecano, Serrat, Madonna, etc.) y las colas para hacerse con entradas siempre me habían parecido razonables (media hora como mucho).

Cuando llegó el día del recital, aún no sabía absolutamente nada de los artistas. Ni una mísera canción o título o... Entramos al teatro, directos al gallinero (la vida de estudiante es lo que tiene), se apagaron las luces y entonces, conocí a Les Luthiers. Aquello comenzó del siguiente modo:

Todo lo que pueda escribir sobre aquél día sería impreciso e injusto (por defecto) con la calidad, ingenio y gracia de estos señores artistas. Solo apuntar que, siempre que me es posible hago lo imposible por disfrutarlos en directo de nuevo.

Como me ocurre con el gran Ibáñez me hierve la sangre al ver que sus méritos no son reconocidos al nivel que se merecen. ¡Qué les den un Príncipe de Asturias! o mejor aún ¡Que les den un Mastropiero!

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